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R.D. del Congo

Tuesday 3 May 2011 - 12:52

Relato de Elena Oliva Zamora, compañera en Coopera RDC
 

Después de dos meses en la R.D.Congo, ya una empieza a darse cuenta de cómo son las cosas en este país. No importa las veces que hayas viajado a países en desarrollo, con cada nuevo viaje con cada nueva estancia abres los ojos a realidades cada vez más y más complejas, cada vez más tristes.
En las ocasiones en las que he tenido la oportunidad de adentrarme en las comunidades rurales circundantes al Parque Kauzi-Biega,siempre me asalta la misma sensación reflejada en una pregunta; ¿cómo es posible tanta pobreza en un país tan rico y exuberante?.

 

Cuando recorres los senderos de tierra, puedes ver plantaciones de todo tipo, mandioca principalmente, pero también café, plátanos, tomates, judías, coliflores… Todo es verde, la naturaleza devora las aldeas que se integran en ella en equilibrio y armonía. Chozas de adobe y paja salpican los caminos, iglesias en madera, desde las que salen cánticos y música. Es el ritmo africano que celebra la vida. Conforme avanzas hacia la montaña, dejas atrás los poblados habitados, pero no sus niños que nos siguen dondequiera que vamos como una procesión. Al principio guardan las distancias, ¿quienes serán esos “Musungus” que han llegado hasta aquí?, luego cuando empiezan a coger un poco de confianza empiezan las risas, los acercamientos. Saco la cámara digital y les pregunto si quieren que les haga una foto, al principio la mayoría se van, ¿qué será eso?, los que se quedan miran fijamente el objetivo, o mantienen la mirada en nosotros, seres extraños llegados de otra tierra que hablan un idioma que no conocen.

Ahora viene lo mejor, sus reacciones al verse retratados en la pantalla de la cámara. Un estruendo de risas y gritos alteran la calma del camino, ya no se alejan, ya no nos temen. Cada cierto tiempo nos hacen gestos para que les saquemos más fotos, y de nuevo comiencen las risas. Las sensaciones son siempre contradictorias aquí, les ves felices entre la miseria, a pesar de ella. Van descalzos, sucios, con la ropa hecha jirones y los ojos bien abiertos, pero sabes que han de sentirse felices. Porque estos niños, los que nos siguen, a pesar de todo son afortunados, no trabajan explotados como mano de obra barata en las minas de oro, diamantes o coltán que se encuentran en el Parque Nacional. Todos han sufrido las consecuencias de una guerra sangrienta y una post-guerra aún más dura aquí, donde la naturaleza es tan verde y exuberante que las guerrillas se hacen fuertes a base de explotar los recursos naturales que los occidentales tanto codiciamos.

Con cada decisión de consumo que adoptamos podemos ayudar a cambiar esta parte del mundo. Ejercer el consumo responsable, informarnos de dónde salen los componentes de lo qué compramos, quiénes han trabajo para eso y a qué precio, es una gran diferencia. No olvidar, que hay niños en el mundo que no juegan. No olvidar, que estos niños, que nos siguen por ser blancos como una atracción, son afortunados a pesar de la miseria y el hambre, porque no son esos otros, a los que explotamos con nuestras decisiones de consumo, o aquellos que ya no están porque engrosan las estadísticas con las que trabajamos las ONG. Estadísitcas que nos dicen que la mortalidad infantil (menores de 5 años) en las zonas rurales de la RDC es del 60%. Seis de cada diez niños que fotografío en mis rutas, no llegarán a contar a sus hijos que un día fue una musungu a su aldea y les hizo unas fotos de las que luego se reían a carcajadas.

NO OLVIDEMOS.


 
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